Surgió, hace un tiempo ya en el barrio donde vivo, una asociación encargada de la creatividad en los medios de comunicación y expresiones artísticas. La labor principal de la “Asociación Creativizadora de Medios” era la de desarrollar contenidos creativos en si mismos, y que desplieguen la creatividad y el pensamiento en sus públicos.
La primera iniciativa altamente cuestionada de esta asociación fue la de eliminar la televisión arguyendo que no había mejor medio de comunicación que la radio. La televisión mostraba lisa y llanamente las imágenes que la radio tanto se esmeraba en crear en la imaginación del oyente mediante la creación del ámbito sonoro. Este hecho ponía a la radio por encima de la TV y era mérito suficiente para que la segunda desaparezca.
Poco tiempo transcurrió para que Gerardo Gutiérrez, un distinguido profesor de semiótica en la escuela Colegium-y socio vitalicio de la asociación-, planteara que la imaginación que se requería para escuchar la radio no tenía comparación con la necesaria para leer un libro.
-Al leer un libro nosotros somos los que creamos en nuestra mente imágenes y sonidos-, explicaba en sus recordadas clases de los martes a la mañana a sus alumnos de sala de dos.
El problema es que, como siempre en el caso de los debates, la juventud torció la cuestión hacia lugares completamente alejados de discusión. Un grupo de alumnos del centro de estudiantes de la universidad de altos estudios de aquel barrio plantearon que era necesaria la abolición de todos los textos escritos en los libros.
La idea que pregonaba en este grupo era la de que las mismas palabras eran un freno para la imaginación. Debían, para estos jóvenes entusiastas, imprimirse libros completos de páginas vacías para que el lector pudiera así imaginar la historia según sus propios gustos e ideas.
Los pensamientos de aquel grupo de jóvenes comenzaron a hacerse eco en todo el barrio y plantearon que esa misma idea debía transmitirse al arte.
Un grupo de productores visionarios vieron en estas ideas una oportunidad única. Organizaron un ciclo de seis funciones a escenario vacío. El espectáculo constaba en llenar el teatro de espectadores y dejar vacío el escenario para que el público imaginara la obra a representar.
El proyecto resultó un fracaso. Algunos espectadores empezaron a aplaudir a los cuarenta minutos, mientras que otros abucheaban. Otros, por su parte, comenzaron a pedir silencio porque el espectáculo, para ellos, recién empezaba.
En ese momento fue donde los "Hombres sensibles" intervinieron indignados. Salieron en defensa del teatro, los libros, la música y los medios. "El sentido de ir al teatro es la de ver plasmada en la obra los sentimientos de los artistas, comprender las metáforas del autor… Es ahí donde la imaginación debe hacer el mayor esfuerzo" planteaba Goldmundo Hesse, el jóven artista.
Como siempre ocurre en estas cosas, el debate se fue apagando con el paso del tiempo.La llama romántica de la discusión entre la asociación y los hombres sensibles dejó de importarle a la muchachada del barrio y a doña chola. Ya nadie se preocupaba por saber que podía brindar un libro o un radioteatro de diferente que la televisión. A nadie importaba ya, si las historias de la "caja boba" representaban metafóricamente la realidad de algunas personas, o no.
Hubo una noche donde ya nadie recordó el debate. Esa noche Tinelli marcó 31 puntos con el baile del caño.
Hasta la próxima
Joaquin